sábado, 31 de mayo de 2014

Memoría


Yo sé que no estás preparado, pero ¿quién lo está? Ni los más grandes y peligrosos hombres de la historia lo han estado. La sorpresa es mi mayor virtud. Pues aún cuando se sienten listos, no están ni cerca, de mi realidad.


No hay por que dejar que el frío nos abrace ni que el miedo te lo infundan los médicos, ¡Enfócate, Guillermo!. Pero, ¿qué saben los doctores? Ellos no tienen ni idea. ¡Matasanos!


Puedo sentir tus vibraciones muy bajas. No están en este mundo. Se sienten frías, secas. Como si les faltara vida. Como si les sobrara eternidad.
       — No diga pendejadas. Brujos, por eso nadie acude a ustedes. ¡Charlatanes!
       — No puedes evitar tu destino. No es tu voluntad la que decide. Agárrate de una voluntad superior y acéptalo. La muerte está rondando cerca de ti. Son días, los que te regala, antes de encontrarte con su guadaña.
       — Gracias por su ayuda. Y, ¿cuánto me va a costar el chistecito?
       — No importa, no hay precio que puedas pagar por la vida.


       Cómo chingados se me ocurrió ir con la bruja. Si no le creí a los doctores, que son hombres de ciencia. Que va a saber una bruja sin conocimientos. Si estuviera muriendo, lo sentiría, pero no siento nada... Necesito otra opinión.

*

Adelante. Ahorita viene el doctor...
       — Pase. ¿a qué debemos la visita?, señor...
       — Guillermo.
       — Dígame, ¿en qué le puedo ayudar?
       —Mire, yo sé que tal vez no sea su ramo, pero ya no sé que hacer. Hace dos semanas fui a hacerme unos análisis, porque siento un dolor. Es como un vacío en la boca del estómago. Hace tres días fui a recogerlos y me dijeron que era una enfermedad extraña. Según tres doctores, que vieron los análisis, me quedan de tres a seis días de vida. Pues la enfermedad va afectando al corazón y al cerebro hasta matarlos. No sé que hacer, ya fui con un chamán, porque me dijeron que podía ser mal de ojo. Ella me dijo que eran días los que la muerte me regalaba antes de encontrarme con su guadaña. Y no se me ocurrió nada más que venir con usted.
       — Vamos con calma. Dígame cómo y donde siente el dolor.
    — Empecé a sentir como si estuviera sofocado, un dolor en la boca del estómago.
       — El "plexo solar"
     — Como se llame. Y de repente me dan unas punzadas en la nuca y en el pecho. Desaparecen después de un momento y luego regresan, casi con los minutos contados.
      — Le voy a ser muy honesto. En mi experiencia como médico alternativo, he visto cosas que no me expliqué jamás. En toda mi carrera, han venido personas, como usted con los mismos síntomas, desesperados, sin saber que es lo que les sucede...
       — Ya dígame de una puta vez que me voy a morir.
      — No hay motivos para alterarse. Por los síntomas que usted presenta, creo que una infusión de hierbas pudiera ayudarle. Pero también, esos mismos síntomas pueden ser causa de muerte. Es decisión suya.
       — Bueno, deme de una vez ese té de hierbas.
     — Lo va a tomar una vez, hoy en la noche. Tómelo aproximadamente una hora antes de dormir, para que le haga efecto. Comenzará a sentirse raro, pero es por el té.


Ahora resulta que éste pinche doctorsito hippie, va a hacer lo que no hizo el doctor ni la bruja. No sé ni que tenga su té de hierbas. Igual y éste cabrón me termina de matar.
Pues, si me voy a morir, a la verga, que pase de una vez.

*

... ¡No mames!, qué chingados está pasando.
       Ya me estoy muriendo. Sí, la gente que se va a morir ya sabe que se va a morir. Pero aún no estoy listo. No he hecho muchas cosas.
        —¡Yo sé que no estás preparado!, pero ¿quién lo está? Ni los más grandes y peligrosos hombres de la historia lo han estado. La sorpresa es mi mayor virtud. Pues aún cuando se sienten listos, no están ni cerca, de mi realidad.
       —¿Qué haces aquí? Entonces es cierto. Ya me voy a morir.
     —Sí, vengo por ti, por tu alma vieja que debe tanto al universo. Vengo a cobrar, lo que has hecho. Pero aún tienes un pendiente y no puedes irte, hasta que lo cumplas.
     —Tengo muchos pendientes. ¿qué va a pasar con mi trabajo? Mi madre, pobre de mi madre, ella va a sufrir por mi muerte. Mi casa, ¿quién la va a pagar?. Mis deudas, ¿quién las va a cubrir sino mi familia? Qué debo hacer, se piadosa y ayúdame. Dame más tiempo.
      Nada de lo que puedas hacer en este mundo me interesa. Te queda poco tiempo. Mañana a las 5:40 a.m. vendré por ti, para entonces, ya estarás listo para irte.
       — Siete horas no me alcanzan para resolver todo.
      El tiempo es justo y perfecto para que tu ciclo sea cerrado, ya te llegará la ayuda que necesitas.

       No me puedo ir, no debo irme. No puedo resolver en siete horas mis deudas, no puedo hablar a mi trabajo y renunciar por que me voy a morir, pensarán que estoy loco. No, no, tranquilo, es sólo un sueño. A ver, si me pellizco... ¡Ah!, si me dolió. No es un sueño. Mi mamá se va a enojar porque nunca pinté la casa. Pero ella también me traía en chinga. Pero, es mi “jefita”, no me puedo enojar con ella, ella me dio la vida...
       ¡Claro!, ella me quería enseñar como es la vida de dura para que yo pudiera ser un hombre de bien, cómo mi papá.
       Ése cabrón presumido, siempre ostentando que podía comprarnos lo que fuera, pero nunca nos dio cariño... ¡Oh!. Ése era su modo de demostrarnos cariño, comprándonos cosas. “El amor más puro, es aquél que en silencio, se sabe y regocija, a través de la mirada del sentimiento mismo”. Mi viejo, sus ojos tan llenos de amor y tan vacíos de soberbia. Pobre, y yo tanto que lo juzgué. Ahora no le podré decir que lo amo. Tanto que me dieron mis papás, mi hermano, mi novia. Chingada madre. El pedo no eran ellos, el pedo era yo. Yo me ofendí, yo me sentí mal, yo cargué culpas, yo me hice irresponsable. ¡Ay Dios!, y yo echándole la culpa a la gente. Pues sí, es más fácil culpar a los demás.
       No merezco estar en este mundo. ¡Dios!, qué es todo esto. Claridad entre penumbras. Ahora tengo todas las respuestas a mi alcance. Justo cuando me llega la hora de partir. ¿Por qué no antes?, ¿por qué no cuando me sentía deprimido? Estoy listo para irme. Creo que haré menos daño si no estoy aquí. Aaah — suspiro —. Ahora puedo irme.


Tu momento ha llegado. Es hora de partir. Despídete de todo lo que conocías.
       — Es inevitable sentir paz, a pesar de saber que moriré.
       — Ahora, tomaré de ti, el recuerdo de tu última pareja y el primer recuerdo molesto de tu niñez. Entre esos dos puntos se encontraba tu desvío. Te perdiste en el rencor a la gente, en la avaricia de tu trabajo, en la lujuria con tus parejas, en la gula de lo inservible, en la pereza de tu vida, en la envidia a tus semejantes y en la soberbia de tu persona. Estás completo ahora. Tu ciclo se ha cerrado. Tu alma vieja se ha redimido, has pagado. Tu muerte, se cumplió. Tu vieja conciencia ha muerto. Has renacido para hacer lo debes hacer de manera correcta.
       — Pero entonces, ¿no moriré?, ¿no me iré de este mundo?
       — Has muerto sí. Murió tu viejo “yo” y renació uno nuevo. Tu resurrección llegó. Tu cuerpo se queda en este mundo. Y tu condena será transmitir el mensaje. No harás actos que condenen de nuevo a tu alma con consecuencias fatales. Has ganado libertad con esta condena. Dirás que has burlado a la muerte.


... Cinco cuarenta de la madrugada. Justo el tiempo en el que me lo anunció. Todo esto fue un sueño. No creo que haya sucedido. Es científicamente imposible. Todo fue una fantasía, acto de mi imaginación. Necesito dormir. Necesito no pensar.

*

¿Usted aquí? Pero... ¿cómo?
       — Me tomé el té doctor y algo muy extraño sucedió. Me anunciaron la hora de mi muerte.
       — Pero, usted debía morir, todos los síntomas apuntaban a eso. El té que le di, sólo era manzanilla y hierbabuena. Dígame cómo ha burlado a la muerte
        — Sólo logré engañarla. No sé cómo. Pero aquí estoy.








sábado, 24 de mayo de 2014

Descontento

¿Le marcaré? No, no, no, no la quiero molestar, ¿si se enoja?, ¿si deja de hablarme por eso? Creo que mejor me espero. Al fin que no es tan importante.

      —¿Bueno?, hola, ¿como estás?, justo estaba pensando en mandarte un mensaje.
    —Hola, muy bien, llegando a mi casa, tuve un día muy pesado. Los niños me están volviendo loca, pero son un amor. Hoy uno de mis alumnos me llevó una flor, dice que soy su novia, ¿tu crees?
     —Ja, pobre chamaco. Eres su primer amor y no sabe lo que le espera contigo. Jaja
     —Ay cálmate, no soy tan mala.
     —Jaja si supiera.
     —¿Y qué tal estuvo tu día?
   —Bien, hoy tuve que visitar a un cliente muy quisquilloso. El muy cabrón hizo que alargáramos el proceso de la venta, pero va a caer. Le voy a marcar mañana a ver si no se fastidia de la insistencia.
     —No te preocupes. No creo que lo haga, tu estás haciendo tu labor. Él lo entenderá.
     —Eso espero, caray, por que es una buena lana.
     —Pues no dejes de insistir, igual y cae. Oye guapo, te dejo, por que estoy muy cansada y mañana hay que trabajar.
     —Vale, bonita, descansa. A ver si nos vemos mañana, te invito a comer ¿qué dices?
   —Está bien, te aviso cuando salga de la escuela, ¿vale?, mientras descansa y que tengas dulces sueños.
     —Perfecto. Bonita noche, descansa. ¡Beso!

      Seguro, esta cabrona, me dijo que sí por lástima, ¿quién se cree teniéndome lástima? Mañana le marco para cancelar la salida.


Hola, linda, ¿cómo estás?
     —Bien gracias ¿y tú? 
    —De maravillas. Oye, no podré verte hoy, tengo cita con el cliente que te dije ayer y es muy importante, ¿lo dejamos para mañana?
     —Mmm, está bien.
     —Discúlpame, bonita, te lo compenso mañana
     —Está bien, no te preocupes, mañana vemos
     —Gracias. Linda tarde, te veo mañana
     —Bai.

Para que aprenda quien manda. ¿Qué cree, que puede hacer conmigo lo que se le antoje? Ya mañana le haré algo especial, pero hoy tendrá que aprender su lección.


Le marqué en la mañana, para saludarla y quedar para vernos. Pero no tenía muchas ganas de verla, es raro; cuando sé que ella está disponible, ya no quiero verla, pero cuando no me busca, siento la necesidad de saber de ella. ¿Qué me pasa doctor?, ¿me estaré volviendo loco? La quiero, pero no sé si sea saludable, o sea bueno. Ya no sé. Por eso te marqué hoy.
      ¿Qué es lo que te molesta?
     —Pues que no me atienda, parece que a Bea, no le interesa en lo absoluto lo nuestro.
     —No de ella, Julio, de ti.
   —No lo sé, no había pensado en eso. Sinceramente, no estoy contento en como he llevado esto; mi vida, mi trabajo. De hecho no estoy bien con nada, siempre quiero algo distinto.
     —¿Y estás contento?
     —No del todo. Me gusta mi trabajo, pero no me llena, me aburre muy rápido y la rutina no es algo muy de mi agrado.
    —Tú lo acabas de decir: “la rutina no es algo de tu agrado”. Trabaja en eso. La rutina no es del todo mala pero es necesaria en nuestras vidas. Imagina que yo en vez de citarte como lo hago. Te citara dos horas antes de comenzar la sesión, sin importarme tu tiempo. ¿Como te sentirías?
     —¡Encabronado!
   — Justo por eso es necesario llevar un control en los tiempos y crear una rutina saludable.
     —Pero ella...
   —No hay pero que valga. Si quieres vivir bien, en este mundo, tienes que adoptar costumbres ajenas que no te gustan. Trabaja en eso. Empieza haciendo una pequeña rutina con Beatriz. Y sentirás un cambio gradual en ti. Todo es consecuencia de nuestros actos. Después de un tiempo se te hará fácil. Puedes comenzar con tener algún detalle con ella, envíale un mensaje, escríbele una carta, salúdala de buenos días. Pero hazlo porque te nace, no porque quieras quedar bien y hacerle creer que estás cambiando. No esperes que te conteste. Si se lo enviaste fue para que lo sepa. No para que te reconozca que la quieres, o que te acordaste de ella
    —No lo entiendo, es muy contradictorio esto. Si quiero estar bien con ella, le tengo que hacer detalles, pero no tengo que hacerlo por capricho de estar bien con ella, sino para estar bien conmigo, pero no se los tengo que enviar siempre, sino cuando me nazca hacerlo. Ah, no entiendo.
    —Piénsalo toda esta semana, medítalo. Verás que no es tan confuso, ni difícil como parece. Es más sencillo cuando lo practicas. Te vas a sentir mejor contigo
    —No sé qué decir.
    —Tómalo con calma, nada va pasar si lo intentas. Acuérdate siempre de esto: “Lo que te choca te checa”. ¿Qué conductas de los demás te molestan? Obsérvalas y vas a ver son las que tienes más arraigadas. Te veo en la siguiente sesión.

¿Que se cree ese petulante doctor? No, a ver, calma, “lo que te choca te checa”. No seas soberbio y escucha... Oh, ja. Le dices petulante a Virgilio y tú estás siendo más petulante. Ja, ja. Hasta parece magia, chinga'. Le voy a mandar un mensaje a Bea: Hola, beabé, ja, oye entonces mañana nos vemos. ¿Te he dicho que te quiero?. Parece que este cabrón me sacudió la cabeza y me sacó la mierda. Como si fuera humo. Ahora puedo ver las moscas, ahí volando al rededor de la mierda y humo... Ojalá ahorita tuviera un cigarro. Ja, la vida es una mierda.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Cuando te enamores de un cajón de bolsas

Ahí estaba, en el lugar donde esperaba encontrar algo para mí. Nos quedamos de ver, al poco rato de haber platicado por teléfono. Se le escuchaba una voz sexy, como si gimiera. No puedo desaprovechar una mujer así. Imagina como se escucharía en tu cama, gritando, llorando de placer, de dolor. Era mi gran oportunidad, demostrarme que era un “Don Juan” y enamorar a una chava ingenua.
 Tomamos rumbo hacia ningún lado. Yo siguiendo sus pasos y ella siguiendo los míos. Caminamos por un largo rato hasta que llegamos a un parque. Nos sentamos a descansar y aunque la banca estaba húmeda por las lluvias de otoño, no nos importó. Continuamos con la plática, yo fingí asombro, tratando de escuchar lo que decía, pero sólo veía su boca moverse. A esta niña me la tengo que chingar,  sí, no te apendejes. Lo que inició con la intención de tener una "amiguita" más, terminó por interesarme de una forma distinta. Continuamos platicando. Faltaban un par de horas para la media noche y decidí acompañarle a su casa, al fin, vivía cerca de la mía, no desviaría mi ruta.
Camino hacia su departamento y entre roses y tropiezos, habíamos llegado. Me despedí de ella, como es natural, con un beso en la mejilla. Le di un abrazo tan largo, que si hubiera durado más tiempo, el aroma de su cabello aún seguiría en mí.


Quedamos para un café el sábado, una película el martes, unos tacos el viernes y el cine el domingo. Le hablaba todos los días, para saber cómo se encontraba, qué le había parecido el café, como sintió el temblor, etc. Nos veíamos para rentar una película y verla en su departamento. Terminaba desvelado, pero aún con desvelo, me sentía con energía.
Recuerdo una visita rápida que le hice. Llegué agotado y sediento, le pedí un vaso de agua y una bolsa para no cargar entre brazos mi computadora, me dijo que me sirviera y que la bolsa la tomara del cajón. Al abrirlo, noté desorden donde estaban las bolsas. Éstas, hechas nudo y metidas a presión, salieron expulsadas del mismo, como si el destino o la vida quisiera jugarme una broma, cómo serpientes en una lata. Tomé la bolsa, metí mi computadora y la puse sobre la mesa. Me dirigí hacia ella, la miré durante unos segundos, expulsé una risa nerviosa, le agradecí por la bolsa y el vaso con agua y me despedí.


Siempre tenía un pretexto para visitarla: “Vine al súper, ¿necesitas algo?”, “estoy cerca de tu casa, ¿tienes problema si nos vemos?”, etc. Salía de su departamento y le mandaba otro mensaje: “espero que las uvas que elegí te hayan gustado, no había otras en la tienda”, “estuvo buena la película, rentemos otra”, "llegué con bien a mi casa"—aunque esto último a ella no le interesara— y hasta llegué a preguntar por su cajón de bolsas. Me ilusioné. Le llevaba un chocolate, la invitaba por otro café, al teatro, a un bar, la invitaba al cine, a cenar. Comencé a comportarme distinto con ella y de inmediato lo notó. Pasaron un par de días cuando me pidió de favor que: "no arruinara la bonita amistad", "que no me hiciera ideas locas", "que parara mis halagos y detalles", “que ella seguía enamorada de alguien más”. Pinche vieja se hace del rogar, si bien que quiere darte las nalgas, va a caer algún día, planea bien cómo harás que caiga. Me alejé unos meses, corté la comunicación y seguí con mi “Don Juanería”, pero ya estaba enamorado del desorden de su cajón.


Llegó el invierno y otra vez la recordé. Al entrar la primavera, volvió a buscarme, me comentó de una nueva película de terror en el cine. Quería que fuéramos a verla, pero no accedí. No quería volver a abrir ese cajón que estaba hecho un desastre. Día tras día, un mensaje distinto: “hola, cómo estás, desaparecido, vamos a vernos”, “buenos días, 'fucking mexican', ya viste que abrieron un café, se ve bueno, vamos”, “buenas noches, menso, está haciendo un poco de frío, qué raro, siendo verano”, etc. Y entonces accedí. La invité otra vez a salir: “hey, alien, vamos al cine”, “oye, desórdenes, que te parece si preparamos algo de comer el sábado”, “me voy de la ciudad unos días, ¿gustas ir?”, y salimos otra vez, y otra vez, y otra vez... y perdí la cuenta. Me volví a perder.
          Pasaba a visitarla a su departamento, platicábamos de nuestros miedos, de nuestros peores días y los mejores, de la vida y de la muerte, del amor y ex parejas. De todo lo que se platican dos interesados, dos enamorados o al menos así lo sentía.
          Caí de nuevo, esta vez con más fuerza. Tienes que agarrar valor, ve por esas pastillas de colores  que te regalaron, de algo te van a servir. Pasé a mi casa, me preparé un café muy cargado y tomé las pastillas. Ahora corre. Me fui corriendo hacia su casa. Llegué a su departamento, nos preparamos para ver la película que habíamos rentado. Entré a la cocina, sin pedirlo, me serví un vaso con agua, revisé la alacena para “botanear”, abrí el refrigerador y tomé un queso, piqué un pedazo y lo probé, tomé un cuchillo y corté un trozo. Iba a tomar una bolsa para guardar el queso y ahí estaba, otra vez, frente a ese cajón. El cajón del caos, del
desorden y lo violento. Aquel cajón que me miraba fijamente, aquella caja en el mueble que se volvió una extensión de mí. Me sentía reflejado en él. Esos nudos, las bolsas enmarañadas, la tristeza, el desorden, era yo, era ella. Ahí estaba, enamorado de mí. Veía lo que yo creía ser  y lo que ella es. Su desorden era mío, su dolor era mío, sus mentiras, sus verdades, sus culpas, sus perversiones y sentimientos ocultos. Ahí estábamos, metidos en un cajón, entre bolsas enmarañadas. Me sentía parte de ella, la sentía parte de mí. Tomé mi vaso con agua,  me fui hacia la mesa,  y me senté a su lado. La miré y balbuceando traté de decirle lo que sentía, pero sólo sonreí, me odio por cobarde. Bebí del vaso, me acerqué para provocar un roce, quería besarla, pero no podía tomar partido por eso. Eso no es de caballeros. Pero por pendejo te vas a quedar sin vieja, por pendejo hoy no coges, otra vez.
            Al paso de una hora, los pensamientos en mi cabeza se hacían más fuertes. Ya está por terminar la película, al menos abrázala. Pero no pude. Levanté el brazo y de inmediato me arrepentí. Espero que no haya visto eso, qué pensará de mí. ¡Cállate!, va a pensar que estás loco. Pero, no me escucha. Pero si te ve y te estás moviendo mucho.
—    Ay qué bonita pelíc…— La tomé del rostro con fuerza y la besé, embarré sus labios en los míos. Los lamí. Los mordí, fuerte. Sangraron. ¿Ves cómo lo disfruta? De inmediato gritó y en cuanto pudo zafarse, me golpeó la cara, con los puños cerrados. Así cómo mi cuerpo pudo responder, traté de cubrirme, de tomarla de las manos, pero no pude hacer más, estaba perdido en el efecto de las pastillas. Caí desmayado. ¡Ya valiste madre!, ¡ja, ja!, ¡ya valiste madre!.


Desperté, sentía dolor en la cara, estaba confundido, no supe si había soñado o fue real. Me miré al espejo y noté hinchazón. No había sido un sueño. Esa misma tarde volví a su casa pero no había nadie. Le marqué al teléfono, quería disculparme, pero no contestó.           Ahora, sin saber nada de ella, temo que haya huido de mí, Ya ves, por pendejo, por eso se fue, cómo las demás.
   —Hola bebé, ¿cómo estás?— Me llegó su mensaje, pero ¿por qué me dijo "bebé"?, ¿qué busca de mí? No indagué más, le respondí y seguí su juego:
—"Muy bien preciosa ¿y tú?"
—Pues bien, pero estoy aburrida, vamos a rentar una película, ¿qué dices?
—Bien, pero, ¿cuál?
—No sé, tengo ganas de ver algo de acción, de amor, de sangre.
    
 Me tomé un par de pastillas, salí de mi casa, pasé por una película que tuviera acción, sexo, amor, sangre y me fui a su departamento. En cuanto crucé la puerta, se aventó encima de mí, comenzó a besarme, esta vieja está loca, pero que rico besa, desabrochó mi camisa, besó mi pecho, bajó hasta mis pantalones y me besó la pelvis, me quitó el cinturón, el pantalón, comenzó a jugar con mi pene, eso, eso, bien que querías esto, nada más te hacías pendeja, lo besó, se puso a morderlo, y aunque me dolía, estaba tan excitado que el dolor se convirtió en placer.
—Esta noche quiero sentir que me violas—  Dijo casi gimiendo. Por un momento me perdí, el éxtasis era tanto que cerré los ojos, y por alguna razón, me quedé dormido. Al despertar, estaba en su cama, la película estaba puesta y ella recostada a mi lado. En cuanto me moví, comenzó a gritarme, que me fuera, no me quería ahí, no quería saber nada de mí. Me vestí y salí corriendo. Al llegar la noche me llegó un mensaje de ella pidiéndome que la disculpara, quería verme, dijo que podía quedarme en su casa y así lo hice.


Repetimos lo mismo en cada oportunidad que tenemos desde hace dos años, y aunque a veces me cansan sus personalidades, el sexo con ella es grandioso.

martes, 11 de marzo de 2014

Desafortunada suerte


Desafortunada suerte

          — Central de Autobuseees. Próxima paradaaa. Central de autobuseees.
Paró el autobús y todos bajaron. Yo me había quedado dormido en el asiento, estaba sentado hasta atrás, en el último asiento. El chofer recorrió el autobús y cuando llegó a donde yo estaba,  sentí cómo me sacudió.
— ¡Oye niño, ya llegamos!
—   ¿A dón...?
—  Estoy gritando desde hace rato a donde llegamos. Todo por ir cachando moscas.
—  Me dormí. Otra vez no fui a la escuela.
—  Chamaco huevón, ya bájate que tengo que entregar la unidad.
—  Ya voy, ya voy.
Me bajé corriendo del camión. Tenía el dinero para comprar libros y pagar mi primera colegiatura, así que decidí quedarme en el mercado de la central para perder el tiempo. Tal vez me compre algo.
Pasé a una pequeña librería y me compré un  libro llamado, ‘Cómo estudiar mejor’. Fui a sentarme a una banca junto a la carnicería y le di una hojeada. Me aburrió y lo dejé. Comencé a marearme por el olor a sangre a mi derecha y el de los baños a la izquierda, así que me levanté y me fui a ver lo que había en otros locales.
—Pásale, ¿qué te vamos a dar?, la manzana está a veinticinco, está bien buena, para que crezcas fuerte; dile a tu mamá que te compre unas.
—No, señor, gracias, no vengo con mi mamá.
—Entonces a tu abuelita o a tu hermana.
—No, en realidad vine solo.
—Y que haces por acá sólo; pus ¿cuántos años tienes?, ¿no andas perdido?
—No se apure don, nomás me quedé dormido en el camión y se me cayó mi dinero. No he desayunado y no tengo cómo regresar. ¿Podría prestarme cuatro pesos para volver a mi casa?
— ¡Uy, güero! Te doy dos varos y una manzana para que tengas algo en la panza.
—Que bien, gracias.
 A pesar de tener dinero, vi lo fácil que era conseguirlo con lástima. Con el dinero que tenía y lo que juntara de más, podría comprarme un ‘discman’. Además, ¿qué más podía pasar?, ¿que me dijeran  que  no?, ¿qué me regañaran?, ¿qué me pusieran a trabajar?: además era un niño, no me pondrían a hacer cosas pesadas. Hasta los perros se acostumbran a lo bueno y fácil. Por algo los mercados siempre están cerca de las carnicerías o en los puestos de comida. Con la cola entre las patas, las orejas gachas y la mirada triste. Son unos genios —dije entre dientes—. Me vi a mí mismo cómo un  perro y traté de imitarlos. No pude bajar las orejas pero bajé  la cabeza; puse la mirada de mucho dolor por el hambre y como no tenía cola para meter entre las patas, encorvé  la espalda hacia delante y me fui a pedir dinero a los demás puestos. Llegaba con el mismo cuento que en la frutería; me dormí en el camión, se me cayó el dinero, no he desayunado y quiero volver a casa. Funcionó bastante bien,  conseguí cerca de noventa y cinco pesos en menos de dos horas. Si seguía pidiendo, en dos horas más tendría doscientos. Llegué a un puesto donde vendían juguetes, payasitos decorativos de porcelana, jarrones chinos, etc.
—Buenos días señora, perdóneme si la molesto. Iba camino a la secundaria y me quedé dormido en el camión  y cuando vi dónde estaba, me bajé y quise tomar otro autobús, pero se me cayó el dinero en el asiento; quiero regresar a mi casa. Además, no he desayunado nada. ¿Tendrá dos pesos que me preste?
—Ay chamacos canijos, siempre salen con eso. Vienen muchos cómo tú diciendo lo mismito y siempre quieren el dinero para sus ‘monas’.
—Bueno, gracias, voy a seguir pidiendo prestado. Pinche vieja culera, ojalá no venda nada hoy y no tenga para tragar.
Me fui al local que estaba a un lado; “Bienvenidos al mundo esotérico de Óscar”, decía en la entrada. Siempre había sido muy curioso de los fantasmas, ángeles y esas cosas. Entré a ver que tanto había: Las paredes pintadas de color  rosa y morado, una bandera de colores colgada en lo más alto del lugar; un cuadro de Óscar con Esteban  Mayo y un reconocimiento de la escuela de astrología firmado por él; figuras de barro de la muerte e incienso con aroma a panteón y madera quemada.
El aire estaba muy pesado y espeso. Con dificultad podía respirar. Hasta atrás del pequeño local, detrás de un mostrador de cristal sobre el cual había un cráneo de color amarillento, el astrólogo “Óscar”. Un hombre  robusto y barba recortada, cabello negro y de estatura alta, o al menos a mí me parecía alto a esa edad.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
—Emm. Pues pasa que me quedé dormido en el camión  y ya no fui a la escuela, no he desayunado y quiero volver a mi casa pero el dinero que tenía lo perdí. ¿Tendrá cinco pesos que me preste?
— ¿Pero, y qué vas a hacer a cambio del dinero? Recuerda que si recibes una cosa, algo tienes que dar a cambio, ése es el ciclo de la vida y la energía.
—Puedo ayudarle a barrer.
—No, acabo de limpiar el local. Tengo algo en lo que puedes ayudar. Vas a escribir. Pásale de este lado, acá atrás están las libretas. Es más, si acabas te hago tu carta astral.
—Bueno  —aunque no me dio mucha confianza el señor, entré, además, sólo iba a escribir algo y me iba.
—Pero baja tu  mochila, si quieres, para que no te canses. Al fin vas a estar aquí un buen rato, así sirve que relajas tus músculos —me dijo mientras me  tocó  los  hombros cómo simulando un masaje, yo me moví quitándome.
—No, así está bien, no pesa —le dije.
Entré a la parte de atrás. Ahí daba sus consultas y le leía las cartas a la gente. Había una cortina de tela misma que cerró en cuanto entramos y una de esas cortinas de metal que estaba a medio abrir. Y empecé. En una libreta grande, comencé a escribir los signos zodiacales, en cincuenta hojas lo hice y terminé.
—Ya quedó.
—Bien. Dame tu fecha de nacimiento, la hora en que naciste y el lugar.
—Veintiséis de septiembre de mil novecientos ochenta y siete… ¿Son necesarios tantos datos? —le dije con la voz entre cortada, pues ya no sentía más confianza.
—Claro, así será exacta tu carta. Si no, no sirve de nada. ¿La quieres o no?
—Sí.
Después de haberme leído la carta astral, de decirme debilidades y fortalezas, para lo que soy bueno, cualidades, me empezó a ver de manera rara. Yo estaba dando vueltas y desconfiado decidí tomar un cuchillo que estaba en un estante, sin que él se diera cuenta. Tenía ya que irme y le pedí que  me diera el dinero, cómo habíamos quedado. Me dijo:
— No te vas a ir, hasta que me pagues la carta astral que te hice.
—Pero ya le dije que no tengo dinero. Cómo quiere que le pague.
—Entonces ya sé cómo me vas a pagar. Bájate el pantalón.
Cuando dijo eso, cerró por completo la cortina de metal y se lamió los labios salivando mientras se agachaba y se dirigía en dirección a mi entrepierna.
—No, mejor le pago su  méndiga carta, pero déjeme salir. ¿Cuánto va a ser? —y puse las manos en frente para que no siguiera avanzando.
—Me dijiste que no traías dinero,  mentiroso. Pero en fin,  son cuatrocientos cincuenta pesos. ¿Los traes? No lo creo. —dijo en tono burlón—
—Sí, aquí están. Ahora déjeme salir o… o… —le aventé quinientos a los pies con la intención de distraerlo y salir corriendo.
— ¿O qué? Escuincle mocoso, no sabes ni limpiarte los pinches huevos y ya andas sólo en la calle, eso te pasa por pendejo. Ahora haz lo que te dije o te va a salir peor.
— ¡AUXILIO! ¡AUXILIO! ¡Estoy encerrado! ¡no puedo salir!
—Cállate y pon las manos en la pared.
— ¡Ni madres!, te vas a la chingada. —le dije gritando. Tomé un candelabro que estaba en la mesa y se lo aventé  y con la otra mano saqué el cuchillo que había puesto en mi bolsa.
—Chamaco cabrón, ya valiste madre.
            Justo cuando se acercó a mí, estiré la mano y le rajé la panza, se agarró y al verse la sangre, cayó desmayado. Asustado y ansioso, brinqué encima de él y empecé a patearle la cara y pisarle las manos. Tomé mis quinientos pesos, me limpié la sangre y aventé el cuchillo entre sus manos. Seguro que eso nunca lo olvidará.
Nunca quise decir nada. Me daba miedo y vergüenza. Hasta ahora, trece años después.

  León Maravillas.