martes, 11 de marzo de 2014

Desafortunada suerte


Desafortunada suerte

          — Central de Autobuseees. Próxima paradaaa. Central de autobuseees.
Paró el autobús y todos bajaron. Yo me había quedado dormido en el asiento, estaba sentado hasta atrás, en el último asiento. El chofer recorrió el autobús y cuando llegó a donde yo estaba,  sentí cómo me sacudió.
— ¡Oye niño, ya llegamos!
—   ¿A dón...?
—  Estoy gritando desde hace rato a donde llegamos. Todo por ir cachando moscas.
—  Me dormí. Otra vez no fui a la escuela.
—  Chamaco huevón, ya bájate que tengo que entregar la unidad.
—  Ya voy, ya voy.
Me bajé corriendo del camión. Tenía el dinero para comprar libros y pagar mi primera colegiatura, así que decidí quedarme en el mercado de la central para perder el tiempo. Tal vez me compre algo.
Pasé a una pequeña librería y me compré un  libro llamado, ‘Cómo estudiar mejor’. Fui a sentarme a una banca junto a la carnicería y le di una hojeada. Me aburrió y lo dejé. Comencé a marearme por el olor a sangre a mi derecha y el de los baños a la izquierda, así que me levanté y me fui a ver lo que había en otros locales.
—Pásale, ¿qué te vamos a dar?, la manzana está a veinticinco, está bien buena, para que crezcas fuerte; dile a tu mamá que te compre unas.
—No, señor, gracias, no vengo con mi mamá.
—Entonces a tu abuelita o a tu hermana.
—No, en realidad vine solo.
—Y que haces por acá sólo; pus ¿cuántos años tienes?, ¿no andas perdido?
—No se apure don, nomás me quedé dormido en el camión y se me cayó mi dinero. No he desayunado y no tengo cómo regresar. ¿Podría prestarme cuatro pesos para volver a mi casa?
— ¡Uy, güero! Te doy dos varos y una manzana para que tengas algo en la panza.
—Que bien, gracias.
 A pesar de tener dinero, vi lo fácil que era conseguirlo con lástima. Con el dinero que tenía y lo que juntara de más, podría comprarme un ‘discman’. Además, ¿qué más podía pasar?, ¿que me dijeran  que  no?, ¿qué me regañaran?, ¿qué me pusieran a trabajar?: además era un niño, no me pondrían a hacer cosas pesadas. Hasta los perros se acostumbran a lo bueno y fácil. Por algo los mercados siempre están cerca de las carnicerías o en los puestos de comida. Con la cola entre las patas, las orejas gachas y la mirada triste. Son unos genios —dije entre dientes—. Me vi a mí mismo cómo un  perro y traté de imitarlos. No pude bajar las orejas pero bajé  la cabeza; puse la mirada de mucho dolor por el hambre y como no tenía cola para meter entre las patas, encorvé  la espalda hacia delante y me fui a pedir dinero a los demás puestos. Llegaba con el mismo cuento que en la frutería; me dormí en el camión, se me cayó el dinero, no he desayunado y quiero volver a casa. Funcionó bastante bien,  conseguí cerca de noventa y cinco pesos en menos de dos horas. Si seguía pidiendo, en dos horas más tendría doscientos. Llegué a un puesto donde vendían juguetes, payasitos decorativos de porcelana, jarrones chinos, etc.
—Buenos días señora, perdóneme si la molesto. Iba camino a la secundaria y me quedé dormido en el camión  y cuando vi dónde estaba, me bajé y quise tomar otro autobús, pero se me cayó el dinero en el asiento; quiero regresar a mi casa. Además, no he desayunado nada. ¿Tendrá dos pesos que me preste?
—Ay chamacos canijos, siempre salen con eso. Vienen muchos cómo tú diciendo lo mismito y siempre quieren el dinero para sus ‘monas’.
—Bueno, gracias, voy a seguir pidiendo prestado. Pinche vieja culera, ojalá no venda nada hoy y no tenga para tragar.
Me fui al local que estaba a un lado; “Bienvenidos al mundo esotérico de Óscar”, decía en la entrada. Siempre había sido muy curioso de los fantasmas, ángeles y esas cosas. Entré a ver que tanto había: Las paredes pintadas de color  rosa y morado, una bandera de colores colgada en lo más alto del lugar; un cuadro de Óscar con Esteban  Mayo y un reconocimiento de la escuela de astrología firmado por él; figuras de barro de la muerte e incienso con aroma a panteón y madera quemada.
El aire estaba muy pesado y espeso. Con dificultad podía respirar. Hasta atrás del pequeño local, detrás de un mostrador de cristal sobre el cual había un cráneo de color amarillento, el astrólogo “Óscar”. Un hombre  robusto y barba recortada, cabello negro y de estatura alta, o al menos a mí me parecía alto a esa edad.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
—Emm. Pues pasa que me quedé dormido en el camión  y ya no fui a la escuela, no he desayunado y quiero volver a mi casa pero el dinero que tenía lo perdí. ¿Tendrá cinco pesos que me preste?
— ¿Pero, y qué vas a hacer a cambio del dinero? Recuerda que si recibes una cosa, algo tienes que dar a cambio, ése es el ciclo de la vida y la energía.
—Puedo ayudarle a barrer.
—No, acabo de limpiar el local. Tengo algo en lo que puedes ayudar. Vas a escribir. Pásale de este lado, acá atrás están las libretas. Es más, si acabas te hago tu carta astral.
—Bueno  —aunque no me dio mucha confianza el señor, entré, además, sólo iba a escribir algo y me iba.
—Pero baja tu  mochila, si quieres, para que no te canses. Al fin vas a estar aquí un buen rato, así sirve que relajas tus músculos —me dijo mientras me  tocó  los  hombros cómo simulando un masaje, yo me moví quitándome.
—No, así está bien, no pesa —le dije.
Entré a la parte de atrás. Ahí daba sus consultas y le leía las cartas a la gente. Había una cortina de tela misma que cerró en cuanto entramos y una de esas cortinas de metal que estaba a medio abrir. Y empecé. En una libreta grande, comencé a escribir los signos zodiacales, en cincuenta hojas lo hice y terminé.
—Ya quedó.
—Bien. Dame tu fecha de nacimiento, la hora en que naciste y el lugar.
—Veintiséis de septiembre de mil novecientos ochenta y siete… ¿Son necesarios tantos datos? —le dije con la voz entre cortada, pues ya no sentía más confianza.
—Claro, así será exacta tu carta. Si no, no sirve de nada. ¿La quieres o no?
—Sí.
Después de haberme leído la carta astral, de decirme debilidades y fortalezas, para lo que soy bueno, cualidades, me empezó a ver de manera rara. Yo estaba dando vueltas y desconfiado decidí tomar un cuchillo que estaba en un estante, sin que él se diera cuenta. Tenía ya que irme y le pedí que  me diera el dinero, cómo habíamos quedado. Me dijo:
— No te vas a ir, hasta que me pagues la carta astral que te hice.
—Pero ya le dije que no tengo dinero. Cómo quiere que le pague.
—Entonces ya sé cómo me vas a pagar. Bájate el pantalón.
Cuando dijo eso, cerró por completo la cortina de metal y se lamió los labios salivando mientras se agachaba y se dirigía en dirección a mi entrepierna.
—No, mejor le pago su  méndiga carta, pero déjeme salir. ¿Cuánto va a ser? —y puse las manos en frente para que no siguiera avanzando.
—Me dijiste que no traías dinero,  mentiroso. Pero en fin,  son cuatrocientos cincuenta pesos. ¿Los traes? No lo creo. —dijo en tono burlón—
—Sí, aquí están. Ahora déjeme salir o… o… —le aventé quinientos a los pies con la intención de distraerlo y salir corriendo.
— ¿O qué? Escuincle mocoso, no sabes ni limpiarte los pinches huevos y ya andas sólo en la calle, eso te pasa por pendejo. Ahora haz lo que te dije o te va a salir peor.
— ¡AUXILIO! ¡AUXILIO! ¡Estoy encerrado! ¡no puedo salir!
—Cállate y pon las manos en la pared.
— ¡Ni madres!, te vas a la chingada. —le dije gritando. Tomé un candelabro que estaba en la mesa y se lo aventé  y con la otra mano saqué el cuchillo que había puesto en mi bolsa.
—Chamaco cabrón, ya valiste madre.
            Justo cuando se acercó a mí, estiré la mano y le rajé la panza, se agarró y al verse la sangre, cayó desmayado. Asustado y ansioso, brinqué encima de él y empecé a patearle la cara y pisarle las manos. Tomé mis quinientos pesos, me limpié la sangre y aventé el cuchillo entre sus manos. Seguro que eso nunca lo olvidará.
Nunca quise decir nada. Me daba miedo y vergüenza. Hasta ahora, trece años después.

  León Maravillas.

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