Desafortunada suerte
— Central de Autobuseees. Próxima paradaaa. Central
de autobuseees.
Paró el autobús y todos bajaron. Yo me había
quedado dormido en el asiento, estaba sentado hasta atrás, en el último
asiento. El chofer recorrió el autobús y cuando llegó a donde yo estaba, sentí cómo me sacudió.
— ¡Oye niño, ya llegamos!
— ¿A dón...?
— Estoy gritando desde hace rato a
donde llegamos. Todo por ir cachando moscas.
— Me dormí. Otra vez no fui a la
escuela.
— Chamaco huevón, ya bájate que tengo
que entregar la unidad.
— Ya voy, ya voy.
Me bajé corriendo del camión. Tenía el
dinero para comprar libros y pagar mi primera colegiatura, así que decidí
quedarme en el mercado de la central para perder el tiempo. Tal vez me
compre algo.
Pasé a una pequeña librería y me compré un
libro llamado, ‘Cómo estudiar mejor’. Fui a sentarme a una banca junto a
la carnicería y le di una hojeada. Me aburrió y lo dejé. Comencé a marearme por
el olor a sangre a mi derecha y el de los baños a la izquierda, así que me
levanté y me fui a ver lo que había en otros locales.
—Pásale, ¿qué te vamos a dar?, la manzana
está a veinticinco, está bien buena, para que crezcas fuerte; dile a tu mamá
que te compre unas.
—No, señor, gracias, no vengo con mi mamá.
—Entonces a tu abuelita o a tu hermana.
—No, en realidad vine solo.
—Y que haces por acá sólo; pus ¿cuántos años
tienes?, ¿no andas perdido?
—No se apure don, nomás me quedé dormido en
el camión y se me cayó mi dinero. No he desayunado y no tengo cómo regresar. ¿Podría
prestarme cuatro pesos para volver a mi casa?
— ¡Uy, güero! Te doy dos varos y una manzana
para que tengas algo en la panza.
—Que bien, gracias.
A
pesar de tener dinero, vi lo fácil que era conseguirlo con lástima. Con el
dinero que tenía y lo que juntara de más, podría comprarme un ‘discman’.
Además, ¿qué más podía pasar?, ¿que me dijeran que no?, ¿qué me
regañaran?, ¿qué me pusieran a trabajar?: además era un niño, no me pondrían a
hacer cosas pesadas. Hasta los perros se acostumbran a lo bueno y fácil.
Por algo los mercados siempre están cerca de las carnicerías o en los puestos
de comida. Con la cola entre las patas, las orejas gachas y la mirada triste. Son
unos genios —dije entre dientes—. Me vi a mí mismo cómo un perro y
traté de imitarlos. No pude bajar las orejas pero bajé la cabeza; puse la mirada de mucho dolor por
el hambre y como no tenía cola para meter entre las patas, encorvé la espalda hacia delante y me fui a pedir
dinero a los demás puestos. Llegaba con el mismo cuento que en la frutería; me
dormí en el camión, se me cayó el dinero, no he desayunado y quiero volver a
casa. Funcionó bastante bien, conseguí
cerca de noventa y cinco pesos en menos de dos horas. Si seguía pidiendo, en
dos horas más tendría doscientos. Llegué a un puesto donde vendían juguetes, payasitos
decorativos de porcelana, jarrones chinos, etc.
—Buenos días señora, perdóneme si la molesto.
Iba camino a la secundaria y me quedé dormido en el camión y cuando vi dónde estaba, me bajé y quise
tomar otro autobús, pero se me cayó el dinero en el asiento; quiero regresar a
mi casa. Además, no he desayunado nada. ¿Tendrá dos pesos que me preste?
—Ay chamacos canijos, siempre salen con eso.
Vienen muchos cómo tú diciendo lo mismito y siempre quieren el dinero para sus
‘monas’.
—Bueno, gracias, voy a seguir pidiendo
prestado. Pinche vieja culera, ojalá no venda nada hoy y no tenga para
tragar.
Me fui al local que estaba a un lado;
“Bienvenidos al mundo esotérico de Óscar”, decía en la entrada. Siempre había
sido muy curioso de los fantasmas, ángeles y esas cosas. Entré a ver que tanto
había: Las paredes pintadas de color rosa y morado, una bandera de colores colgada
en lo más alto del lugar; un cuadro de Óscar con Esteban Mayo y un
reconocimiento de la escuela de astrología firmado por él; figuras de barro de
la muerte e incienso con aroma a panteón y madera quemada.
El aire estaba muy pesado y espeso. Con
dificultad podía respirar. Hasta atrás del pequeño local, detrás de un
mostrador de cristal sobre el cual había un cráneo de color amarillento, el
astrólogo “Óscar”. Un hombre robusto y
barba recortada, cabello negro y de estatura alta, o al menos a mí me parecía
alto a esa edad.
—Hola, ¿puedo ayudarte en algo?
—Emm. Pues pasa que me quedé dormido en el
camión y ya no fui a la escuela, no he
desayunado y quiero volver a mi casa pero el dinero que tenía lo perdí. ¿Tendrá
cinco pesos que me preste?
— ¿Pero, y qué vas a hacer a cambio del
dinero? Recuerda que si recibes una cosa, algo tienes que dar a cambio, ése es
el ciclo de la vida y la energía.
—Puedo ayudarle a barrer.
—No, acabo de limpiar el local. Tengo algo
en lo que puedes ayudar. Vas a escribir. Pásale de este lado, acá atrás están
las libretas. Es más, si acabas te hago tu carta astral.
—Bueno —aunque no me dio mucha
confianza el señor, entré, además, sólo iba a escribir algo y me iba.
—Pero baja tu mochila, si quieres, para que no te canses. Al
fin vas a estar aquí un buen rato, así sirve que relajas tus músculos —me dijo
mientras me tocó los hombros
cómo simulando un masaje, yo me moví quitándome.
—No, así está bien, no pesa —le dije.
Entré a la parte de atrás. Ahí daba sus
consultas y le leía las cartas a la gente. Había una cortina de tela misma que
cerró en cuanto entramos y una de esas cortinas de metal que estaba a medio
abrir. Y empecé. En una libreta grande, comencé a escribir los signos
zodiacales, en cincuenta hojas lo hice y terminé.
—Ya quedó.
—Bien. Dame tu fecha de nacimiento, la hora
en que naciste y el lugar.
—Veintiséis de septiembre de mil novecientos
ochenta y siete… ¿Son necesarios tantos datos? —le dije con la voz entre
cortada, pues ya no sentía más confianza.
—Claro, así será exacta tu carta. Si no, no
sirve de nada. ¿La quieres o no?
—Sí.
Después de haberme leído la carta astral, de
decirme debilidades y fortalezas, para lo que soy bueno, cualidades, me empezó
a ver de manera rara. Yo estaba dando vueltas y desconfiado decidí tomar un
cuchillo que estaba en un estante, sin que él se diera cuenta. Tenía ya que
irme y le pedí que me diera el dinero,
cómo habíamos quedado. Me dijo:
— No te vas a ir, hasta que me pagues la
carta astral que te hice.
—Pero ya le dije que no tengo dinero. Cómo
quiere que le pague.
—Entonces ya sé cómo me vas a pagar. Bájate
el pantalón.
Cuando dijo eso, cerró por completo la
cortina de metal y se lamió los labios salivando mientras se agachaba y se
dirigía en dirección a mi entrepierna.
—No, mejor le pago su méndiga carta,
pero déjeme salir. ¿Cuánto va a ser? —y puse las manos en frente para que no
siguiera avanzando.
—Me dijiste que no traías dinero,
mentiroso. Pero en fin, son cuatrocientos cincuenta pesos. ¿Los traes? No
lo creo. —dijo en tono burlón—
—Sí, aquí están. Ahora déjeme salir o… o…
—le aventé quinientos a los pies con la intención de distraerlo y salir
corriendo.
— ¿O qué? Escuincle mocoso, no sabes ni
limpiarte los pinches huevos y ya andas sólo en la calle, eso te pasa por pendejo.
Ahora haz lo que te dije o te va a salir peor.
— ¡AUXILIO! ¡AUXILIO! ¡Estoy encerrado! ¡no
puedo salir!
—Cállate y pon las manos en la pared.
— ¡Ni madres!, te vas a la chingada. —le
dije gritando. Tomé un candelabro que estaba en la mesa y se lo aventé y
con la otra mano saqué el cuchillo que había puesto en mi bolsa.
—Chamaco cabrón, ya valiste madre.
Justo cuando se acercó a mí, estiré la mano y le rajé la panza, se agarró y al
verse la sangre, cayó desmayado. Asustado y ansioso, brinqué encima de él y
empecé a patearle la cara y pisarle las manos. Tomé mis quinientos pesos, me
limpié la sangre y aventé el cuchillo entre sus manos. Seguro que eso nunca lo
olvidará.
Nunca quise decir nada. Me daba miedo y
vergüenza. Hasta ahora, trece años después.
León Maravillas.
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