miércoles, 26 de marzo de 2014

Cuando te enamores de un cajón de bolsas

Ahí estaba, en el lugar donde esperaba encontrar algo para mí. Nos quedamos de ver, al poco rato de haber platicado por teléfono. Se le escuchaba una voz sexy, como si gimiera. No puedo desaprovechar una mujer así. Imagina como se escucharía en tu cama, gritando, llorando de placer, de dolor. Era mi gran oportunidad, demostrarme que era un “Don Juan” y enamorar a una chava ingenua.
 Tomamos rumbo hacia ningún lado. Yo siguiendo sus pasos y ella siguiendo los míos. Caminamos por un largo rato hasta que llegamos a un parque. Nos sentamos a descansar y aunque la banca estaba húmeda por las lluvias de otoño, no nos importó. Continuamos con la plática, yo fingí asombro, tratando de escuchar lo que decía, pero sólo veía su boca moverse. A esta niña me la tengo que chingar,  sí, no te apendejes. Lo que inició con la intención de tener una "amiguita" más, terminó por interesarme de una forma distinta. Continuamos platicando. Faltaban un par de horas para la media noche y decidí acompañarle a su casa, al fin, vivía cerca de la mía, no desviaría mi ruta.
Camino hacia su departamento y entre roses y tropiezos, habíamos llegado. Me despedí de ella, como es natural, con un beso en la mejilla. Le di un abrazo tan largo, que si hubiera durado más tiempo, el aroma de su cabello aún seguiría en mí.


Quedamos para un café el sábado, una película el martes, unos tacos el viernes y el cine el domingo. Le hablaba todos los días, para saber cómo se encontraba, qué le había parecido el café, como sintió el temblor, etc. Nos veíamos para rentar una película y verla en su departamento. Terminaba desvelado, pero aún con desvelo, me sentía con energía.
Recuerdo una visita rápida que le hice. Llegué agotado y sediento, le pedí un vaso de agua y una bolsa para no cargar entre brazos mi computadora, me dijo que me sirviera y que la bolsa la tomara del cajón. Al abrirlo, noté desorden donde estaban las bolsas. Éstas, hechas nudo y metidas a presión, salieron expulsadas del mismo, como si el destino o la vida quisiera jugarme una broma, cómo serpientes en una lata. Tomé la bolsa, metí mi computadora y la puse sobre la mesa. Me dirigí hacia ella, la miré durante unos segundos, expulsé una risa nerviosa, le agradecí por la bolsa y el vaso con agua y me despedí.


Siempre tenía un pretexto para visitarla: “Vine al súper, ¿necesitas algo?”, “estoy cerca de tu casa, ¿tienes problema si nos vemos?”, etc. Salía de su departamento y le mandaba otro mensaje: “espero que las uvas que elegí te hayan gustado, no había otras en la tienda”, “estuvo buena la película, rentemos otra”, "llegué con bien a mi casa"—aunque esto último a ella no le interesara— y hasta llegué a preguntar por su cajón de bolsas. Me ilusioné. Le llevaba un chocolate, la invitaba por otro café, al teatro, a un bar, la invitaba al cine, a cenar. Comencé a comportarme distinto con ella y de inmediato lo notó. Pasaron un par de días cuando me pidió de favor que: "no arruinara la bonita amistad", "que no me hiciera ideas locas", "que parara mis halagos y detalles", “que ella seguía enamorada de alguien más”. Pinche vieja se hace del rogar, si bien que quiere darte las nalgas, va a caer algún día, planea bien cómo harás que caiga. Me alejé unos meses, corté la comunicación y seguí con mi “Don Juanería”, pero ya estaba enamorado del desorden de su cajón.


Llegó el invierno y otra vez la recordé. Al entrar la primavera, volvió a buscarme, me comentó de una nueva película de terror en el cine. Quería que fuéramos a verla, pero no accedí. No quería volver a abrir ese cajón que estaba hecho un desastre. Día tras día, un mensaje distinto: “hola, cómo estás, desaparecido, vamos a vernos”, “buenos días, 'fucking mexican', ya viste que abrieron un café, se ve bueno, vamos”, “buenas noches, menso, está haciendo un poco de frío, qué raro, siendo verano”, etc. Y entonces accedí. La invité otra vez a salir: “hey, alien, vamos al cine”, “oye, desórdenes, que te parece si preparamos algo de comer el sábado”, “me voy de la ciudad unos días, ¿gustas ir?”, y salimos otra vez, y otra vez, y otra vez... y perdí la cuenta. Me volví a perder.
          Pasaba a visitarla a su departamento, platicábamos de nuestros miedos, de nuestros peores días y los mejores, de la vida y de la muerte, del amor y ex parejas. De todo lo que se platican dos interesados, dos enamorados o al menos así lo sentía.
          Caí de nuevo, esta vez con más fuerza. Tienes que agarrar valor, ve por esas pastillas de colores  que te regalaron, de algo te van a servir. Pasé a mi casa, me preparé un café muy cargado y tomé las pastillas. Ahora corre. Me fui corriendo hacia su casa. Llegué a su departamento, nos preparamos para ver la película que habíamos rentado. Entré a la cocina, sin pedirlo, me serví un vaso con agua, revisé la alacena para “botanear”, abrí el refrigerador y tomé un queso, piqué un pedazo y lo probé, tomé un cuchillo y corté un trozo. Iba a tomar una bolsa para guardar el queso y ahí estaba, otra vez, frente a ese cajón. El cajón del caos, del
desorden y lo violento. Aquel cajón que me miraba fijamente, aquella caja en el mueble que se volvió una extensión de mí. Me sentía reflejado en él. Esos nudos, las bolsas enmarañadas, la tristeza, el desorden, era yo, era ella. Ahí estaba, enamorado de mí. Veía lo que yo creía ser  y lo que ella es. Su desorden era mío, su dolor era mío, sus mentiras, sus verdades, sus culpas, sus perversiones y sentimientos ocultos. Ahí estábamos, metidos en un cajón, entre bolsas enmarañadas. Me sentía parte de ella, la sentía parte de mí. Tomé mi vaso con agua,  me fui hacia la mesa,  y me senté a su lado. La miré y balbuceando traté de decirle lo que sentía, pero sólo sonreí, me odio por cobarde. Bebí del vaso, me acerqué para provocar un roce, quería besarla, pero no podía tomar partido por eso. Eso no es de caballeros. Pero por pendejo te vas a quedar sin vieja, por pendejo hoy no coges, otra vez.
            Al paso de una hora, los pensamientos en mi cabeza se hacían más fuertes. Ya está por terminar la película, al menos abrázala. Pero no pude. Levanté el brazo y de inmediato me arrepentí. Espero que no haya visto eso, qué pensará de mí. ¡Cállate!, va a pensar que estás loco. Pero, no me escucha. Pero si te ve y te estás moviendo mucho.
—    Ay qué bonita pelíc…— La tomé del rostro con fuerza y la besé, embarré sus labios en los míos. Los lamí. Los mordí, fuerte. Sangraron. ¿Ves cómo lo disfruta? De inmediato gritó y en cuanto pudo zafarse, me golpeó la cara, con los puños cerrados. Así cómo mi cuerpo pudo responder, traté de cubrirme, de tomarla de las manos, pero no pude hacer más, estaba perdido en el efecto de las pastillas. Caí desmayado. ¡Ya valiste madre!, ¡ja, ja!, ¡ya valiste madre!.


Desperté, sentía dolor en la cara, estaba confundido, no supe si había soñado o fue real. Me miré al espejo y noté hinchazón. No había sido un sueño. Esa misma tarde volví a su casa pero no había nadie. Le marqué al teléfono, quería disculparme, pero no contestó.           Ahora, sin saber nada de ella, temo que haya huido de mí, Ya ves, por pendejo, por eso se fue, cómo las demás.
   —Hola bebé, ¿cómo estás?— Me llegó su mensaje, pero ¿por qué me dijo "bebé"?, ¿qué busca de mí? No indagué más, le respondí y seguí su juego:
—"Muy bien preciosa ¿y tú?"
—Pues bien, pero estoy aburrida, vamos a rentar una película, ¿qué dices?
—Bien, pero, ¿cuál?
—No sé, tengo ganas de ver algo de acción, de amor, de sangre.
    
 Me tomé un par de pastillas, salí de mi casa, pasé por una película que tuviera acción, sexo, amor, sangre y me fui a su departamento. En cuanto crucé la puerta, se aventó encima de mí, comenzó a besarme, esta vieja está loca, pero que rico besa, desabrochó mi camisa, besó mi pecho, bajó hasta mis pantalones y me besó la pelvis, me quitó el cinturón, el pantalón, comenzó a jugar con mi pene, eso, eso, bien que querías esto, nada más te hacías pendeja, lo besó, se puso a morderlo, y aunque me dolía, estaba tan excitado que el dolor se convirtió en placer.
—Esta noche quiero sentir que me violas—  Dijo casi gimiendo. Por un momento me perdí, el éxtasis era tanto que cerré los ojos, y por alguna razón, me quedé dormido. Al despertar, estaba en su cama, la película estaba puesta y ella recostada a mi lado. En cuanto me moví, comenzó a gritarme, que me fuera, no me quería ahí, no quería saber nada de mí. Me vestí y salí corriendo. Al llegar la noche me llegó un mensaje de ella pidiéndome que la disculpara, quería verme, dijo que podía quedarme en su casa y así lo hice.


Repetimos lo mismo en cada oportunidad que tenemos desde hace dos años, y aunque a veces me cansan sus personalidades, el sexo con ella es grandioso.

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