Ahí estaba,
en el lugar donde esperaba encontrar algo para mí. Nos quedamos de ver, al poco
rato de haber platicado por teléfono. Se
le escuchaba una voz sexy, como si gimiera. No puedo desaprovechar una mujer
así. Imagina como se escucharía en tu cama, gritando, llorando de placer, de
dolor. Era mi gran oportunidad, demostrarme que era un “Don Juan” y
enamorar a una chava ingenua.
Tomamos rumbo hacia ningún lado.
Yo siguiendo sus pasos y ella siguiendo los míos. Caminamos por un largo rato
hasta que llegamos a un parque. Nos sentamos a descansar y aunque la banca
estaba húmeda por las lluvias de otoño, no nos importó. Continuamos con la
plática, yo fingí asombro, tratando de escuchar lo que decía, pero sólo veía su
boca moverse. A esta niña me la tengo que chingar, sí, no te apendejes. Lo que inició con
la intención de tener una "amiguita" más, terminó por interesarme de
una forma distinta. Continuamos platicando. Faltaban un par de horas para la
media noche y decidí acompañarle a su casa, al fin, vivía cerca de la mía, no
desviaría mi ruta.
Camino hacia su departamento y entre roses y tropiezos, habíamos
llegado. Me despedí de ella, como es natural, con un beso en la mejilla. Le di
un abrazo tan largo, que si hubiera durado más tiempo, el aroma de su cabello
aún seguiría en mí.
Quedamos
para un café el sábado, una película el martes, unos tacos el viernes y el cine
el domingo. Le hablaba todos los días, para saber cómo se encontraba, qué le
había parecido el café, como sintió el temblor, etc. Nos veíamos para rentar
una película y verla en su departamento. Terminaba desvelado, pero aún con
desvelo, me sentía con energía.
Recuerdo una visita rápida que le hice. Llegué agotado y sediento, le
pedí un vaso de agua y una bolsa para no cargar entre brazos mi computadora, me
dijo que me sirviera y que la bolsa la tomara del cajón. Al abrirlo, noté
desorden donde estaban las bolsas. Éstas, hechas nudo y metidas a presión,
salieron expulsadas del mismo, como si el destino o la vida quisiera jugarme
una broma, cómo serpientes en una lata. Tomé la bolsa, metí mi computadora y la
puse sobre la mesa. Me dirigí hacia ella, la miré durante unos segundos,
expulsé una risa nerviosa, le agradecí por la bolsa y el vaso con agua y me
despedí.
Siempre
tenía un pretexto para visitarla: “Vine al súper, ¿necesitas algo?”, “estoy
cerca de tu casa, ¿tienes problema si nos vemos?”, etc. Salía de su
departamento y le mandaba otro mensaje: “espero que las uvas que elegí te hayan
gustado, no había otras en la tienda”, “estuvo buena la película, rentemos
otra”, "llegué con bien a mi casa"—aunque esto último a ella no le
interesara— y hasta llegué a preguntar por su cajón de bolsas. Me ilusioné. Le
llevaba un chocolate, la invitaba por otro café, al teatro, a un bar, la invitaba
al cine, a cenar. Comencé a comportarme distinto con ella y de inmediato lo
notó. Pasaron un par de días cuando me pidió de favor que: "no arruinara
la bonita amistad", "que no me hiciera ideas locas", "que
parara mis halagos y detalles", “que ella seguía enamorada de alguien
más”. Pinche vieja se hace del rogar, si
bien que quiere darte las nalgas, va a caer algún día, planea bien cómo harás
que caiga. Me alejé unos meses, corté la comunicación y seguí con mi “Don
Juanería”, pero ya estaba enamorado del desorden de su cajón.
Llegó el
invierno y otra vez la recordé. Al entrar la primavera, volvió a buscarme, me
comentó de una nueva película de terror en el cine. Quería que fuéramos a
verla, pero no accedí. No quería volver a abrir ese cajón que estaba hecho un
desastre. Día tras día, un mensaje distinto: “hola, cómo estás, desaparecido,
vamos a vernos”, “buenos días, 'fucking mexican', ya viste que abrieron un
café, se ve bueno, vamos”, “buenas noches, menso, está haciendo un poco de
frío, qué raro, siendo verano”, etc. Y entonces accedí. La invité otra vez a
salir: “hey, alien, vamos al cine”, “oye, desórdenes, que te parece si
preparamos algo de comer el sábado”, “me voy de la ciudad unos días, ¿gustas
ir?”, y salimos otra vez, y otra vez, y otra vez... y perdí la cuenta. Me volví
a perder.
Pasaba a visitarla a su departamento, platicábamos de nuestros miedos, de
nuestros peores días y los mejores, de la vida y de la muerte, del amor y ex
parejas. De todo lo que se platican dos interesados, dos enamorados o al menos
así lo sentía.
Caí de nuevo, esta vez con más fuerza. Tienes
que agarrar valor, ve por esas pastillas de colores que te regalaron, de algo te van a servir. Pasé
a mi casa, me preparé un café muy cargado y tomé las pastillas. Ahora corre. Me fui corriendo hacia su
casa. Llegué a su departamento, nos preparamos para ver la película que
habíamos rentado. Entré a la cocina, sin pedirlo, me serví un vaso con agua,
revisé la alacena para “botanear”, abrí el refrigerador y tomé un queso, piqué
un pedazo y lo probé, tomé un cuchillo y corté un trozo. Iba a tomar una bolsa
para guardar el queso y ahí estaba, otra vez, frente a ese cajón. El cajón del
caos, del
desorden y
lo violento. Aquel cajón que me miraba fijamente, aquella caja en el mueble que
se volvió una extensión de mí. Me sentía reflejado en él. Esos nudos, las
bolsas enmarañadas, la tristeza, el desorden, era yo, era ella. Ahí estaba,
enamorado de mí. Veía lo que yo creía ser
y lo que ella es. Su desorden era mío, su dolor era mío, sus mentiras,
sus verdades, sus culpas, sus perversiones y sentimientos ocultos. Ahí
estábamos, metidos en un cajón, entre bolsas enmarañadas. Me sentía parte de
ella, la sentía parte de mí. Tomé mi vaso con agua, me fui hacia la mesa, y me senté a su lado. La miré y balbuceando
traté de decirle lo que sentía, pero sólo sonreí, me odio por cobarde. Bebí
del vaso, me acerqué para provocar un roce, quería besarla, pero no podía tomar
partido por eso. Eso no es de caballeros. Pero por pendejo te vas a quedar
sin vieja, por pendejo hoy no coges, otra vez.
Al paso de una hora,
los pensamientos en mi cabeza se hacían más fuertes. Ya está por terminar la película, al menos
abrázala. Pero no pude. Levanté el brazo y de inmediato me arrepentí. Espero
que no haya visto eso, qué pensará de mí. ¡Cállate!, va a pensar que estás
loco. Pero, no me escucha. Pero si te ve y te estás moviendo mucho.
— Ay qué bonita pelíc…— La tomé del rostro con fuerza
y la besé, embarré sus labios en los míos. Los lamí. Los mordí, fuerte.
Sangraron. ¿Ves cómo lo disfruta? De
inmediato gritó y en cuanto pudo zafarse, me golpeó la cara, con los puños
cerrados. Así cómo mi cuerpo pudo responder, traté de cubrirme, de tomarla de
las manos, pero no pude hacer más, estaba perdido en el efecto de las
pastillas. Caí desmayado. ¡Ya valiste
madre!, ¡ja, ja!, ¡ya valiste madre!.
Desperté,
sentía dolor en la cara, estaba confundido, no supe si había soñado o fue real.
Me miré al espejo y noté hinchazón. No había sido un sueño. Esa misma tarde
volví a su casa pero no había nadie. Le marqué al teléfono, quería disculparme,
pero no contestó. Ahora, sin
saber nada de ella, temo que haya huido de mí, Ya ves, por pendejo, por eso se fue, cómo las demás.
—Hola bebé, ¿cómo estás?— Me llegó su mensaje, pero ¿por qué me dijo
"bebé"?, ¿qué busca de mí? No indagué más, le respondí y seguí su
juego:
—"Muy bien preciosa ¿y tú?"
—Pues bien, pero estoy aburrida, vamos a rentar una película, ¿qué
dices?
—Bien, pero, ¿cuál?
—No sé, tengo ganas de ver algo de acción, de amor, de sangre.
Me tomé un par de pastillas, salí
de mi casa, pasé por una película que tuviera acción, sexo, amor, sangre y me
fui a su departamento. En cuanto crucé la puerta, se aventó encima de mí,
comenzó a besarme, esta vieja está loca, pero que rico besa, desabrochó
mi camisa, besó mi pecho, bajó hasta mis pantalones y me besó la pelvis, me
quitó el cinturón, el pantalón, comenzó a jugar con mi pene, eso, eso, bien
que querías esto, nada más te hacías pendeja, lo besó, se puso a morderlo,
y aunque me dolía, estaba tan excitado que el dolor se convirtió en placer.
—Esta noche quiero sentir que me violas— Dijo casi gimiendo. Por un momento me perdí,
el éxtasis era tanto que cerré los ojos, y por alguna razón, me quedé dormido.
Al despertar, estaba en su cama, la película estaba puesta y ella recostada a
mi lado. En cuanto me moví, comenzó a gritarme, que me fuera, no me quería ahí,
no quería saber nada de mí. Me vestí y salí corriendo. Al llegar la noche me
llegó un mensaje de ella pidiéndome que la disculpara, quería verme, dijo que
podía quedarme en su casa y así lo hice.
Repetimos lo mismo en cada oportunidad que tenemos desde hace dos años, y aunque a veces me cansan sus personalidades, el sexo con ella es grandioso.
Repetimos lo mismo en cada oportunidad que tenemos desde hace dos años, y aunque a veces me cansan sus personalidades, el sexo con ella es grandioso.
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